Los relojes parecen estar sedimentados en el tormento. Sus reglas cósmicas y positivas no están abiertas a ninguna clase de negociación; por más evidente y manifiesta que sea nuestra impaciencia, por más que en un desesperado clamor por misericordia clavemos en él nuestros ojos desafiantes; poco habremos de lograr.
El reloj nos mirará, y hasta casi con una nefasta sonrisa dibujada por sus agujas objetivas, nos acercará y alejará en su eterna marcha por la vil circunferencia de los momentos añorados. Sin inmutarse continuará confiadamente cuestionando las facultades de la memoria, hasta llegar al amargo momento en el que se comienzan a desdibujar los rostros de los que nos acompañan.
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