¿A que aferrarse cuando no hay nada firme?, me preguntaba
estremecido en aquella brisa silenciosa, que perturba y acaricia a la copa de
los árboles. Miles de seres arrepentidos caminan por las frías alamedas,
¿buscarán acaso, en faroles opacos, en las bancas vacías, el consuelo infinito
y el amor al fracaso? No lo sé; a veces los veo merodear por los suburbios, no
me miran, ni se extrañan; con los ojos tristes me adormezco.
Pasan los días y la sensación es persistente, me impresiona
el pesar de la existencia cuando el tiempo balancea un péndulo difuso; las
seguridades se retuercen cuando el reloj avanza en un ritmo inconsecuente.
Recojo los pedazos del enigma estrafalario de la mortalidad y me dispongo a
caminar por las calles en mi praxis moribunda.
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