Al contrario de lo que se podría pensar,
luego de aquella corta llamada telefónica, los murmullos de todos los presentes
en aquel frío y grisáceo pasillo parecieron apagarse. Los movimientos y las
caminatas de esquina a esquina, que cual guardia real los más nerviosos
parecían desplegar permanentemente en un ritmo inocuo, se detuvieron perdiendo
su patrón eternamente; era inevitable congelarse ante la certeza de lo que años
atrás habría sido un mal sueño. Su llegada era inminente; cada rostro, por
encima de las inconclusas pretensiones de solemnidad y de aquella loable pero
inocente intención de estoicismo colectivo que parecen sostener permanentemente
los fundamentos de lo que la tradición entiende por “familia”, a cada segundo
iría configurando indisolublemente los inconfundibles surcos de dos sentimientos
desgarradores: el horror y la vergüenza.
El momento se acercaba. Las persistentes,
encandilantes y agridulces remesas de un mal recuerdo, parecieron
intensificarse lenta y progresivamente ante la ya inevitable certeza de una
visita inesperada.
Fue entonces cuando como de costumbre,
ondeando su presencia terca, agreste y vigorosa, bajo la excesiva ornamenta de
un ancho sombrero campesino atravesó la puerta causando un gran estruendo, desatando
la evidente sorpresa de los que allí aún se encontraban, quienes tras
contemplar solo unos pocos segundos de su caminar desorbitado, procedieron
instintivamente a refugiarse entre la torpe revisión de una notificación
inexistente. Pasmados aún ante la indiferente dureza con la que se dispuso
frente a ellos, sin otorgar más que un saludo seco y despersonalizado, libre ya
del falso entusiasmo y cortesía de ese demoledor apretón de manos que tanto lo
caracterizaba, no tuvieron el valor de comentar lo sucedido, y haciendo una vez
más del silencio un aliado, confiaron en su naturaleza una fiel máscara frente
a la visceral necesidad de vivenciar el carácter, la torpeza y el contenido de
aquel primer encuentro.
Lo que ellos sin embargo nunca podrían
imaginar, es que su fugaz presencia al interior de la triste sala y sus
caricias entrecortadas acompañadas de una inusual elocuencia en su consejo, distaron
mucho de aquellos admirados relatos de gallardía y virilidad tan difundidos en
la sobremesa de los encuentros festivos. Alguna pequeña semilla de comprensión y
sensibilidad debía haber dentro de aquel macizo sujeto, no había duda, o por lo
menos así lo percibió aquel joven tendido entre el permanente abrazo de las secuelas,
condecoradas por el suero, la sangre y la incertidumbre que paradójicamente parecieron
aminorar el peso de su confesión. Debe haber tenido razón, ya que al verlo por
fin observar de reojo y temerosamente las perturbadoras tinciones de un vendaje
fresco, por fin lo observó derramar las primeras lágrimas murmurando con
fragilidad: -mijito no importa… pero no tiene para que cortarse más-.
Nadie podría indicar con certeza que iba
pensando mientras caminó con la misma entereza hacia la salida del hospital, sin
dirigirles la más mínima palabra. Inútil fue seguir su rumbo desdibujado entre
el horizonte y la velocidad de su camioneta, nadie le seguiría pues sabían que
necesitaba la soledad, después de todo no podrían nunca ser él, no podían nunca
sentir tales estragos de culpa y confusión, no eran ellos los padres de aquel frágil
niño homosexual.
No comments:
Post a Comment