Ingresé a la
sala y la película ya había terminado, para mi buena suerte era una función
continua. Me apoyé en la pared del amplio salón, los créditos avanzaban y mis
pensamientos fueron arrancados abruptamente de su dispersión por la amable voz
de un hombre sentado.
-¿Usted sabe de qué
se trata esto?- me preguntó.
-Emm, no –
respondí torpemente.
-¿No?- me miró
extrañado.
-Por lo que vi,
creo que se trata de las personas… –
-Esto es acerca
de las personas que fueron arrojadas al mar durante la dictadura, pero como que
no se entiende nada aquí- me interrumpió
el hombre, quien por fin hizo evidente su sonrisa.
Nunca he sido
bueno para contestar a las personas que me hablan por sorpresa, menos aun si no
las conozco o me han sacado de mis superfluas reflexiones. Aproveché un breve
silencio para observar al sujeto como acostumbro hacerlo con todas las personas,
un hombre adulto de 55 años aproximadamente, pequeño, robusto y con una cara
muy colorada que me recordaba a la de cualquier señor gracioso y amable. Su voz
era muy particular, no pronunciaba muy bien y su acento me recordaba al de
cualquier persona de los alrededores de mi ciudad de procedencia. No paraba de sonreír
aunque aquella sonrisa era triste y me hacía pensar que tal vez sonreír era la única
opción que le quedaba, portaba una cadena con una cruz alrededor de su cuello y
movía rápidamente entre sus manos un pequeño pero hermoso rosario celeste. Mientras acontecía todo esto vi a mis amigos
entrar y sentarse en el otro extremo del
lugar, bromeando sobre la mala ocupación del espacio y de lo ridículamente grande
que es el museo.
-En aquellos
tiempos te llevaban preso solo por pensar –comenzó el hombre – tan solo por
tener ideas diferentes, ideas… ideas de izquierda – me miró nuevamente con su
indestructible sonrisa -A estas personas las tiraron al mar, por allá en
Horcón, en sacos y con rieles amarrados, para que se hundieran… - se vio
interrumpido por el comienzo de la película, los dos al mismo tiempo miramos a
la pantalla.
Yo ya me sabía muy
bien toda esta horrible historia, pero lo deje continuar sin objeción por el
profundo interés que me causaba, mientras la película comenzaba con un
testimonio del juez Juan Guzmán.
-Este es el juez
que procesó a Pinochet-
-Sí, lo ubico-
-Él viene de una
familia de plata, pero de a poco se fue dando cuenta de lo que pasaba-
La pantalla se
fue a negro…
-En Villa
Grimaldi están los rieles, ¿ha ido a Villa Grimaldi?, tiene que ir –
-No, en realidad
nunca he ido… ¿Por dónde queda Horcón?- le pregunté con mi voz torpe, tratando
de buscar un tema y de que el hombre se diera cuenta del hecho de que no le
hablara mucho se debía netamente a mi torpeza social, mientras me turnaba para
mirar su rostro y la pantalla donde un hombre mayor caminaba por la playa.
-Queda cerca de
Quintero- respondió mientras seguía girando frenéticamente su rosario.
-Ah…
Comencé a
recordar las vacaciones familiares en Quintero, fueron hace mucho tiempo, pero aún
tengo presente en mi memoria aquellas playas tan tranquilas, sus aguas tan
claras y acogedoras, sin rastros de olas, lo que me permitía adentrarme muchísimo
y nadar tranquilo en aquella abismal profundidad. Inmediatamente después de
aquel precioso recuerdo, pensé en los cuerpos bajo aquellas apacibles aguas, un
escalofrío enorme que recorrió mi cuerpo me hizo pensar en nunca volver al mar.
-Después de que
los torturaban, les ponían inyecciones de cianuro, los metían a los sacos,
amarraban los rieles y del helicóptero los lanzaban al mar- continuó el hombre
rompiendo un poco su sonrisa habitual – Algunos sobrevivían… Como el caso de
una niña que despertó en el helicóptero, el militar se desesperó y la empezó a
ahorcar- me miró haciendo el gesto de la asfixia con las manos - El oficial que
estaba ahí en el helicóptero lo empezó a retar: ¡Pero como hueon, si te dije
que la teniai que matar! La cosa es que la tiraron al mar pero no alcanzaron a
cerrar bien el saco y la niña al final salió a flote, dijeron en la tele que
fue una historia de amor, que se suicidó-.
-Mmm, claro –
-Después de
varios años, encontraron los rieles en el fondo del mar, y estaban pegados en
ellos los botones de las víctimas, por eso los pudieron identificar y fue como
la prueba irrefutable-
La película mostraba
a un hombre que caminaba lentamente por la playa, ya habían pasado como 10
minutos con la misma toma, yo pensaba en que mis amigos que estaban sentados en
el otro extremo de la sala debían estar muy aburridos, M es como para estas
cosas, igual debía estar lateada pero no lo diría, pero U realmente debe
haber estado emputecido de ver a este hombre caminar por tanto tiempo.
El audio de la película
era muy deficiente, apenas se entendía lo que el narrador decía, ahora entendía
la queja del hombre, menos mal que la película estaba subtitulada en inglés y
de ahí podía extraer la mayoría de lo que decía, pero no todo ya que no soy tan
bueno en ese idioma como me gustaría. El hombre seguía atentamente la película y
repetía continuamente las palabras que se escribían de forma parecida a su análoga
castellana y las palabras más básicas, tratando de traducir el mensaje de la película.
Le escuchaba decir en voz baja, con gran concentración, mientras no despegaba
la mirada de la pantalla: - “memory, memoria”, “fish, pescado”, “helicopter, helicóptero”,
“torture, tortura”-.
En un momento el
narrador dijo algo que la pantalla subtituló como “bottom”, yo sabía que esta
palabra significaba algo así como “fondo”, pero el hombre muy exaltado me dijo, como si
por fin comprendiera el significado de la narración (o mejor dicho: como si por
fin la narración lo comprendiera a él): - ¡Botón, Botón!, ¡viste ahí habla del
botón! – Su sonrisa volvió a manifestarse gloriosa, y yo al contrario sentí una
gran pena debido a que él no pudiera comprender el poético manifiesto del
narrador, que realmente era destacable, pero esta pena fue muy breve ya que en
aquel momento comprendí que quizá era lo que aquel hombre necesitaba entender.
La película llego
a su clímax con un gran estruendo y la imagen en primera persona del cuerpo
siendo arrojado, sentí una sensación horrible cuando el cuerpo llegó al mar y
se depositó para toda la eternidad en aquella soledad. Me imaginé queriendo
denunciar todo lo que sufrí, pero sin voz. Me imaginé queriendo nadar a la
superficie, salir y correr a abrazar a mis padres, pero estos pesados rieles me
lo impedían. Me imagine tratando de
vivir tantas vidas, pero estaba yo ya tan muerto. Me imaginé siendo el
torturado, una gran tormenta de emociones arrojó la empatía a al primer plano
de mi corazón.
La pantalla se
fue a negro para dar paso a los créditos y el señor se despidió de mí estrechando
fuertemente mi mano y lanzándome por última vez aquella triste sonrisa.
-Vaya a Villa
Grimaldi, queda de Arrieta para arriba- Me dijo sin soltar mi mano.
-Sí, apenas
pueda intentaré ir- Le respondí con una gran sonrisa de aprecio.
Finalmente el
hombre dio la vuelta, sentí el cosquilleo en mi nariz y en los hombros, la pena
ya se buscaba exteriorizar, acerque mis manos a mi cara tratando de contener la
emoción. Mis amigos se acercaron y abandonamos la sala, por motivos de orgullo
y otras cuantas estupideces no lloré, pero en mi interior estaba destrozado,
totalmente destrozado.
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