“El padre pidiendo perdón al hijo que nunca tuvo se dio
cuenta de que quien te enseña a vivir, te enseña a vivir equivocado,
lamentablemente él aprendió del peor maestro”, me dijo un borracho mientras
caminaba en aquella fría noche del mes de mayo. Yo tan triste y decepcionado,
sin ningún apuro ni responsabilidad (había dejado los estudios), decidí
acurrucarme con él en su colchón maloliente. Tan agradecido estaba de que
alguien lo escuchara que inmediatamente saco un roñoso vino en caja y me ofreció
con entusiasmo. El sabor era asqueroso, tras el primer sorbo mi cara purgante
era evidente, el borracho lanzó una pequeña carcajada y me golpeo la espalda.
Desperté al día siguiente con el ruido de la gente, que miraba acongojada el cadáver
del anciano.
Ahora, ya cuando mis errores comienzan a pasar la cuenta, comienzo a comprender la frase del vagabundo, pero ya es demasiado tarde y me
estoy quedando solo.
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