Bebo del puñal del silencio,
clavo su acero en mi piel gastada,
para sangrar tu indiferencia.
Purgar mi anhelo en decepción,
rondar delirio y obsesión:
con un pañuelo altivo limpio tu nombre de mi sueño.
Bebo del puñal del silencio,
clavo su acero en mi piel gastada,
para sangrar tu indiferencia.
Purgar mi anhelo en decepción,
rondar delirio y obsesión:
con un pañuelo altivo limpio tu nombre de mi sueño.
No puedo cantarle a mi corazón en vela.
Siniestra hora del delirio.
Vientos ávidos y opacos contaminan el sendero.
Peticiones del alma, del cuerpo y del vulgo.
Cadenas de un espíritu sin fulgor perpetuo.
Misterios del sentir silente y tardío.
Comarcas de lo soñado, puñaladas vigentes a lo sereno.
Escuálido me acerco a la rutina de lo cierto.
El pálido verso de una risa burlona se escribe en mi frente.
Presente, presiento.
Detente, lo siento.
Mi lápida se inscribe sobre la roca vigorosa del engaño.
Hundo mi pecho hacia los cardos de un suelo ardiente.
Presente, lo siento.
Presiento, detente.
Romería del castigo, voces punzantes en condena.
Procesión y desamparo, el agrio sabor del ultraje.
Banquete profano de muecas tensas, vigorosos dolores de lo posible y lo añorado.
Comensales, cuervos y microbios. Bebed de la savia pútrida del árbol caído
Acurrucaos espurias bestias sonrientes, en este nicho reservado al presidio de lo omnipotente,
Masticad mi fluir coagulado en la despedida y en el fracaso.
Despedid el tesoro de la inocencia con purulentos desgarros. ¡Reposad en la huella de mi pie maltratado!