Un verso empalagoso corrió por mis entrañas,
sentí su ser como una herida suave y profunda que desgarra los hilos de la carne.
Al impregnar mis cien defectos con la magia de su nombre,
la conjugo alucinado mientras cede el pensamiento.
Turbulentas son las fábricas del tiempo,
que en la espera de su estela confabulan mi desgracia.
Hieren el frío estructural de mis rincones malheridos,
sus ojos enredados entre firmes y suntuosas armonías policromáticas.
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