Yo soy un artista bebé, y muchas veces no se de finales
felices. Tú creerás que estoy acostumbrado a las falacias, a las almas duras y a
los desgarros del proceder; pero lo siento, mucho yo ya he sufrido en estos
años tan viciados, y confieso con una lagrima negra en mis manos que un dolor
crudo golpea mi centro.
En este escarnio, yo moribundo, tú majestuosa, asciendo
entre este cruel pavimento, despliego sin temor mis alas y en el último acto de
una reflexión macabra emprendo un vuelo hacia el recuerdo, y pienso:
Mientras gritabas desesperada, yo pensaba solo en huir, en
correr y en vivir…
Mientras girabas en razones truncas en las que te aferras a
diario para sobrevivir a tu infortunio, yo me exacerbaba, yo sufría y te
ridiculizaba en mi mente…
Ya sabes lo que viene ahora: gritos, morbo, calle, turbas. ¿Me
puedes perdonar? Tan solo caminé a un ritmo desenfrenado y choqué con más de algún
canalla, que reconoció en su deriva, en el preciso instante en que me iba a
maldecir, la fría luz de un hombre triste, la cual calmó empáticamente en un
clamor extraordinario, su banal rudeza secundaria y adormeció a aquel impetuoso
reactor del vil instinto. ¿Por qué a ti no te conmovió? Ahora solo me queda
pedir perdón y volver a empezar, aunque sé que la culpa no está en mi
conciencia.